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sábado, 4 de julio de 2020

La mujer sin impacto (medioambiental). Segunda parte (Acciones)



Como relataba en la entrada anterior, intento realizar acciones que eviten seguir llenando de basura este mundo nuestro. Más que reciclar, que parece a veces ser la única solución que nos venden (en todo este asunto medio ambiental es muyyyy importante esto de vender, gran contradicción), ¿qué tal si pensamos en no desperdiciar, en reducir el consumo? Máxime cuando hay un montón de artículos de uso común que no se pueden reciclar tales como t
upperwares, cápsulas de aluminio de café, moldes de silicona, termos, macetas de plástico, bolígrafos, tapones, pajitas, sacapuntas o mecheros. Unos porque por tamaño se saltan los filtros de las cadenas de reciclaje y otros porque los lectores ópticos de las plantas de tratamiento los descartan. Las causas son múltiples. 

No, el contenedor amarillo no es la panacea. 

Así que, ¿hay alguna acción positiva que pueda hacer? ¿Queda alguna esperanza? Pues sí. Alguna de las propuestas consiste en tener poco de sentido común y evitar ser un cerdo de los que tanto parecen abundar últimamente:

  • ¿Qué tal si dejamos de sentir esa falsa e hipócrita pena por los países que están recibiendo nuestra basura y nos portamos un poco más civilizadamente empezando por nuestro entorno? Lo que no ensuciemos aquí, no lo recibirán allá. Reducir la contaminación empieza por no dejar las bolsas de basura tiradas alrededor de los contenedores que ya están llenos, encima mal cerradas. Y todo por no andar dos pasos al siguiente contenedor que nos pilla a unos pocos metros. La solidaridad es algo más que salir a aplaudir con musiquita presuntamente motivadora a una hora determinada. Ser cívico ayuda mucho.
  • Comprar a granel y llevar nuestros propios recipientes para que nos los llenen con el producto correspondiente. Cada vez en más tiendas aceptan que seas tú el que lleve tus botes de vidrio, bolsas de rafia o muselina, o alguna reciclada de las de red donde anteriormente has comprado, por ejemplo, cebollas. Se pesa el recipiente, se descuenta del peso final y te sirve, no solo para la siguiente compra, sino también como almacenaje en nevera o despensa.
  • Cartón reciclado como envoltorio: Por cierto, ¿qué fue de aquello de devolver los cartones de huevos en la pollería?
  • Envoltorios de cera de abeja: opción alternativa al film transparente. Estos envoltorios además se pueden limpiar y reutilizar.
  • Reducir consumo de papel de cocina y pañuelos de papel: con lo bonitos que son los paños de cocina, pañuelos y las servilletas de lino...
  • Cambiar utensilios de plástico de la cocina por los mismos pero de cerámica, vidrio o madera. No hace falta comprárselos todos nuevos. Se pueden aprovechar los tarros o botes de otros productos (café, legumbres...) que ya son de esos materiales.
  • ¿De verdad es necesario envolver los perfumes en cuarenta capas de plásticos y papelillos o meter los tubos de dentífrico en una caja? Escoger, si es posible, los productos que menos embalados estén. A la industria solo le duele el bolsillo. Si se deja de comprar a los más emperifollados, ya verás cómo rápido se apuntan a la simplicidad, a la "ecología" y se autodenominan abanderados de la lucha contra el deterioro del medio ambiente (greenwashing, greenwashing, greenwashing...).
  • Para los que nos gusta escribir con boli o pluma, depósitos de tintas recargables.
  • Envolverse en una mantita o un buen chal cuando haga frío, mientras lees, ves una  peli... o simplemente quieres estar de costra humana tirado en el sillón. Concepto muy "hygge" y que te hace ahorrar en calefacción, así que doble ahorro.
  • ¿No sabes qué hacer con las manos cuando estás viendo una peli o serie? ¡Haz ladrillos ecológicos! Sencillo: coge botellas de plásticos de las grandes que tengas en tu basura. Las lavas. Lava también el resto de recipientes de plástico que hayas tirado y puedas reaprovechar. Corta en trocitos pequeños esos recipientes y mételos bien apretados en la botella. Cuando ya no quepa un microplástico más, lo cierras y tienes tu ladrillo hecho. Hay empresas que los recogen y están empezando a ser un elemento en auge para determinadas construcciones. 
  • Para los lectores empedernidos como yo: bibliotecas e intercambio de libros. Soy la primera en adorar los libros en papel y mi libro electrónico está a rebosar. Pero también soy una asidua asistente a las bibliotecas y hay muchos sistemas de intercambio de libros que hacen evitar la muerte de árboles inocentes. 
  • Tener tu propio huerto: ¡ay qué tópico más típico! Quien tenga la suerte de tener un jardín, un terrenito, una terraza grande... anímese y cultive unas hortalizas o frutales. Si, como yo, tiene una casa chiquitica y tampoco tiene a mano un servicio de huerto comunal para pillarse una parcelita, pues críe en macetillas alguna hierba aromática. A lo tonto, si a usted le gusta condimentar sus platos, encima se ahorra una pasta en especias. Atención a esta interesante idea que nos ofrece Minimalistamente para crear un huerto vertical bueno, bonito y barato.
  • Mundo intercambio: ropa de segunda mano, asociaciones de vecinos que intercambian cosas y servicios. Hay mil opciones para volver a algo que no debimos perder: el trueque. 
  • Si se levanta con ánimo puede ir al campo o río más cercano, que seguro que alguno hay que necesite limpiarse. ¿Qué de eso se tiene que encargar el servicio público de turno? Pues seguramente, pero mi idea va más encaminada a quitar la "huella de carbono" que excursionistas incivilizados dejan cuando pasan por la naturaleza.
  • ¿Se acuerdan de aquello de que en la vida hay que tener un hijo, escribir un libro y plantar un árbol? Pues me quedo con la tercera opción. Plantar un árbol, ojo, y cuidarlo. 
  • "Lo mio no es andar con un pincho quitando porquería que han dejado otros". ¡No hay problema! Siempre se puede ayudar económicamente a un grupo de voluntarios que realizan estas y muchas otras acciones. Ojo, con este tema no hace falta decir que también soy terriblemente desconfiada. Solo apoyo a asociaciones locales de las que pueda comprobar que, con mi dinero duramente ganado, están realmente actuando para cuidar/limpiar el entorno. Ya está uno muy cansado de ONGs que se gastan el dinerito en viajes "solidarios" para hacerse la fotito de turno, haciendo "turismo ecológico" con la pasta de personas bienintencionadas, y eso cuando directamente no se llevan a cabo fraudes o delitos, abusos a otras personas incluidos. El "buenismo" per se no va conmigo. Hechos son amores y no buenas razones. 
Obviamente hay mil cosas más que se pueden hacer, y agradezco que me las sugieran. Ah, sí, una cosita más: como no teníamos poco, ahora se une a nuestra mugre la marea de guantes y mascarillas. Guarros del mundo, no las tiréis en las aceras. Si gustáis, tiradlas en el suelo de vuestras pocilgas. Gracias.

Todo esto son pequeñas acciones que se pueden hacer a nivel individual. Pero es necesario también una jurisdicción que legisle y sancione, de verdad, a las industrias que se salten las normas a la torera. Por un poner, países como Alemania, Noruega, Finlandia o Suecia  cuentan desde hace años con un sistema de retorno. El ejemplo que ponía yo antes de los cartones de los huevos, vaya. En estos países lo que hacen es que el propio usuario devuelve los envases de bebidas usados a un contenedor a cambio de la devolución del importe de más que se le cobró a la hora de la compra. Así se limpian los envases y se reutilizan en lugar de reciclarlos = menos energía gastada.

Cierro esta entrada con una frase del libro con el que lo empecé todo, "No impact man" de Colin Beavan. Sí, el texto es dramático, pero así son las cosas amigos:

"Cada vez que otorgo mayor prioridad al dinero y a las mercancías y al éxito, no puedo evitar pensar que nadie sería capaz de decir en su lecho de muerte:

- ¿Sabes qué? Me hubiera gustado comprar más cosas".

Ahí lo dejo.


viernes, 26 de junio de 2020

La mujer sin impacto (medioambiental). Primera parte (Prolegómenos)



"Quien sabe contentarse, siempre está saciado" (Lao Tse)

Balance de los seis primeros meses del año:

De verdad que mi intención era buena. Y sigue siéndolo. Uno de mis propósitos este año era dar cabida al minimalismo en mi existencia en todas las facetas posibles. Sobre todo pensando en la cuestión medioambiental. Ya hice mi propio "acto de contrición minimalista" en enero. Apenas se intuía lo que se nos venía encima.

Mi propósito fue impulsado por la impresión que me causó la lectura de "No impact man" de Colin Beavan. Curiosamente, este libro llegó a mis manos de forma "reciclada": estaba en la estantería de espurgo de la biblioteca.

Beavan se propuso reducir su "huella de carbono", su impacto en el medio ambiente, a "cero pelotero".  Tiempo del experimento: un año. Empezó a relatar su experiencia en un blog, posteriormente se editó en el libro y luego se plasmó en una película de Netflix.

Estamos hablando de cambios y acciones absolutamente radicales en un matrimonio de treintañeros que viven en Nueva York, pijos con profesiones liberales (no es que le desprecie o insulte por ello, él mismo se define así) y su hija de dos años.

La verdad es que el libro me obsesionó porque veía absolutamente imposible que no dejemos ni un solo resto, ni un solo residuo, que no impactemos en nuestro entorno por mucho que nos empeñemos.

Las peripecias que les ocurren son incontables. En cuanto nos ponemos a pensar en las consecuencias de cada uno de nuestros actos, por pequeños que sean, y la influencia económica y medio ambiental que suponen, te vuelves loco. Hagas lo que hagas, vas a contaminar. Desde que te levantas hasta que te acuestas. Por muy buena voluntad que le eches. Pero siempre puedes hacer algo para ensuciar un pelín menos el mundo.

Te planteas cómo viajar sin emitir carbono. ¿Y qué como? ¿Cómo me caliento? Más aún: ¿somos conscientes de lo contaminante que es la producción de electricidad? ¿Y qué hago? ¿Me busco un generador, un acumulador? ¿Y dónde lo meto?  ¿Cuánta ropa tengo que tener? ¿Qué es menos perjudicial: un libro de papel o uno electrónico? Así con todo.

El libro parte de una base, que comparto totalmente, y es que aquí no estamos hablando de ascetismo ni de sobrevivir. No he venido yo a este mundo para ir de mártir por la vida. Se trata de no desperdiciar. La cuestión es empezar a plantearte lo más básico: ¿hasta qué punto necesito muchas de las comodidades de las que disfruto? Y la pregunta típica - tópica: ¿consumir me produce más felicidad? ¿Este nivel de consumo me tiene esclavizado a un trabajo? Demasiadas preguntas. ¿Acaso soy incapaz de ayudar al mundo?

Y aún así , con este maremágnum de dudas, uno se lanza con toda su buena voluntad a intentar aportar un granito de arena a la causa. Ojo, que cuando te embarcas en estas aventuras has de ser consciente que es una elección personal. Es decir, no te pongas en plan iluminado - gurú - poseedor de la verdad - plasta. Hay que predicar con el ejemplo porque, cuando empiezas a tomar ciertas decisiones, seguramente te vas a topar con la incomprensión, críticas e incluso cachondeo de familiares y amigos. No seas brasas. Respeta a la gente que no comparte esta iniciativa.

Bueno, pues manos a la obra:

Prescindir o reducir el consumo de artículos relacionados con ciertas aficiones era relativamente fácil.  No me hace falta seguir comprando artículos de papelería para mis proyectos de scrapbooking (por un poner) cuando tengo material que compré hace años y aún no he gastado. Lo mismo para la costura o el tejer. Pero claro, cuando me planteo, por ejemplo, el tema de la comida ya la cosa se complica. Vale, venga, el ABC del consumo responsable: comer productos de temporada y de cercanía. Perfecto. ¿Qué cercanía? Contando con que vivo en el centro de una gran ciudad, ¿qué perímetro escojo para delimitar el origen de los productos que voy a consumir con el fin de minimizar la contaminación en el transporte? ¿50 kms? ¿200 kms? Porque claro, hay que ver dónde se producen los alimentos que necesito en mi zona y siquiera si se producen. Insisto, esto no es jugar a "Supervivientes" y comer las dos cosas que se críen más cercanas. 

Ah, y los productos de temporada. Pues hay que informarse bien lo que es "de temporada" dado que ahora tenemos todo el año de todo. La verdad es que no hace tanto que solo había naranjas y mandarinas (por poner un ejemplo) en invierno. Pero ahora... Y por otro lado, si compro productos de temporada directamente al productor (ir a las huertas o granjas o a mercados donde los vendan) la cuestión te puede salir por un pico. ¿Y cómo llego a esos lugares de forma que no contamine y además pueda cargar con la compra? Por otra parte, estos artículos están más expuestos a inclemencias meteorológicas, plagas o enfermedades, lo que los encarece hasta tal punto que, en ocasiones, no puedo permitírmelos.

Y en estas reflexiones estaba sobre todos los temas relacionados con mis hábitos de consumo cuando nos confinaron. Adiós a excursiones al mundo exterior para ir a lejanos parajes en bici a adquirir mis alimentos de temporada directamente en el productor. Bueno, ni alimentos ni nada. He tenido que limitarme a lo que ofrecían las grandes superficies que me quedan al lado de casa. Y aunque alguna presuma de que sus productos son "de cercanía", "bio" y no sé cuantos engaños "ecológicos" más, el origen, el cultivo y la presentación son más que sospechosos y el precio por ser de cercanía, bio y ecológicos, inasumible. Que le tomen el pelo a otro con su "lavado de cara ecológico", conocido como Greenwashing. En el tema de envoltorios y el "mundo plástico" prefiero no meterme en este post porque merece capítulo aparte.

De sobra sé que tenía la opción "online" para comprar, pero al principio de este caos no todas las tiendas estaban preparadas para ello y las que lo estaban podían tardar lo que no está escrito en traerte el pedido. Mi otra cuita era: "vale, compro online, pero estoy exponiendo a una persona a que se contagie por traerme un pedido de algo que a lo mejor no es tan necesario". Pero precisamente mucha gente ha conservado su trabajo por realizar esos encargos.

Total, que aquí llegó ya mi disyuntiva definitiva: ¿Cómo puedo ayudar, dentro de mis humildes posibilidades, a remontar a la economía y al tiempo no traicionar mi espíritu minimalista/ecológico?

La respuesta (quizá) en el próximo capítulo.

sábado, 29 de febrero de 2020

Minimalismo gastronómico: puches



La foto no es bonita, lo sé. Lo que me importa de la imagen es la historia que hay detrás, que es lo que me hizo reflexionar:

La Noche de Difuntos del año pasado me encontré con una vecina que venía la mar de contenta tras comprar unos granos de anís. El motivo de su alegría era que iba a preparar con ellos puches. Al preguntarle por tal comida me comentó que se trataba de unas gachas dulces que tradicionalmente comía en esas fechas durante su niñez (en plena posguerra) y que le traían buenos recuerdos. El "buen recuerdo" venía de que, si podían hacer gachas era porque ese otoño tenían harina, uno de los ingredientes principales de la receta. El resto eran aceite, pan y el citado anís. Era auténtica cocina de supervivencia, se aprovechaba lo que había en el momento para alimentarse. Buscando posteriormente el origen de las puches me enteré de que en tiempos de los romanos era la comida de los soldados más pobres. Y por cierto el nombre viene precisamente del término latino pultes que significa gachas.

Y yo que estoy muy interesada en el minimalismo y en esto que se ha dado en llamar "comida real" pensé: ¿las puches serían hoy en día consideradas "real food"? Con esta filosófica pregunta empiezan unos devaneos mentales con un toque de humor y, lo reconozco, cinismo...

Parto de la idea general de que el "real food" es el minimalismo aplicado a la comida y la intención de impactar lo menos posible en el medio ambiente cuando hablamos de alimentación. Es un estilo de vida basado en comer comida real y evitar los ultraprocesados. Hasta ahí bien. Estoy totalmente de acuerdo con evitar las porquerías prefabricadas con las que nos llevan bombardeando desde hace años, envasadas en una cuantas capas de plástico (¡encima!) y a rebosar de cualquier cosa menos nutrientes. Estoy convencida que esto de haber dejado de cocinar y comprar presunta comida con un aspecto más que sospechoso, meterlo en el microondas y "p´a dentro", es el causante directo de la plaga de la obesidad en nuestra sociedad (junto con el sedentarismo) y de las alergias cada vez más raras que muchos padecemos.

Pues venga, me voy a hacer del "real food" ese. Y ahora vienen mis cuitas y zozobras...

Para empezar, si algo impacta en el medio ambiente es que los alimentos tengan que venir de sabe dios dónde en medios de transporte con la carga de contaminación que esto conlleva. Voy a comprar pues productos de proximidad. ¿Pero con cuánta proximidad? ¿10 kms? ¿50? ¿200? Si analizo lo que como al día, voy a tener que variar este límite porque puede que las huertas en las que estén los vegetales que quiera comer no estén tan cerca como las granjas de donde venga la carne y ni te cuento de donde pueda llegar el pescado contando con lo lejos que me queda un mar o un río. Bueno, ale, con que sean del país creo que me apañaré, aunque un poco de gasolina sí que se va a gastar en traerlo. Y lo de comer alimentos de temporada... Aún recuerdo cuando solo había naranjas en invierno, por nombrar un ejemplo de una fruta que ahora tenemos todo el año. Pues nada, voy a revisar ese libro maravilloso de "cocina con alimentos de temporada" que me regalaron mis hermanas para asegurarme de qué se cría según la estación del año. Vaya tela... con gran desazón la experiencia me ha demostrado que el comprar frutas y verduras de temporada me sale por un pico porque, dado que solo se cultivan en ese momento, hay que sacarles el máximo partido. Y como venga la cosecha mal dada ni te cuento. Vamos, que mi bolsillo no puede permitírselo y volvemos a la fruta de invernadero traída "allende los mares".

¿Pero cómo no se me había ocurrido antes? ¡Un huerto urbano! Esta es una buena solución. En la gran ciudad en la que vivo hay unos cuantos. Iniciativa loable pero desgraciadamente a la que también tengo alguna pega que objetar: quiero que mis verduras y frutas no se cultiven lejos y además que no lleven esos pesticidas y demás porquerías químicas que se les echa a las cosechas "convencionales" para comer más sano. Vale. Vamos a obviar el hecho de que gracias a esas "porquerías" evitamos plagas varias y hemos conseguido aumentar las producciones para dar de comer a la ingente masa de población humana. Tengo la alternativa de cultivar en un terrenito de la ciudad unas plantitas. Madre de Dios cuando miro al cielo... ¿A dónde van a parar las partículas que enguarran el aire que respiro cuando llueve? A mi huerto urbano. Así que ahora no solo las respiro sino que encima me las como. Y bajando la mirada... Me encuentro un suelo contaminado doblemente por ese agua de lluvia y por las filtraciones de todo el entramado urbano e industrial que rodea a mi "ecológico" huertecito. Mira, vamos a dejarlo... Vuelve a la frutería del barrio de toda la vida...

Sigo inasequible al desaliento buscando cómo mejorar mi salud y no fastidiar a mi entorno y con gran desazón encuentro que el entorno me quiere fastidiar a mí. Es un decir, porque ni la lechuga tiene la culpa de estar cargada de plomo ni el pescado, especialmente el azul, de mercurio. Y esto por poner un par de típicos ejemplos de venenos que nos entran en el cuerpo muchas veces sin sospecharlo siquiera. Osea, que tan malo es ser omnívoro como vegano. Estamos apañados.

Mi última esperanza es volver la mirada a los orígenes: las abuelas. Este concepto lo uso como metáfora para pensar en lo que se comía antes, volviendo al principio de estas reflexiones, lo que aprovechaba la gente para comer. Y tampoco lo harían tan mal cuando, a pesar de haber pasado alguna que otra guerra, los abuelos han llegado a alcanzar edades muy respetables, en muchos casos en un estado de salud y lucidez envidiables, que no tienen muchos jóvenes de hoy en día, y sacando adelante una tropa con el triple o más de hijos de los que se tienen ahora.

¿Y es que acaso un bocadillo de chorizo hecho con un pan de calidad y un chorizo casero no era más real que un bollo industrial? (Por favor no me hablen de la dichosa masa madre, esa tomadura de pelo "marketiniana" que en la mayoría de los casos no ha visto el pan ni en pintura). ¿La paella, la fabada... no son "comidas reales"? Que sí, que ya sé que hacer ahora cualquiera de estos platos, a no ser que vivas en las regiones de origen, pueden suponer adquirir las materias primas de lugares lejanos, con su transporte y envoltorios incluidos pero, ¿la receta en sí? ¿Es quizá más real un gazpacho que un potaje de Cuaresma? Y que no me hablen de productos "ecológicos" ni "light"... que son la misma porquería que los ultraprocesados (cambian unos compuestos por otros peores aún) por el doble de precio.

En fin, que yo sigo buscando la mejor fórmula para alimentarme correctamente y además no saturar el contenedor amarillo. De verdad que detrás de este cinismo mío hay una buena voluntad...

Una vez dicho todo esto me van a permitir que siga con mis divagaciones degustando la riquísima sopa castellana que tengo delante.

Esto es comida real, a mí que no me líen.





domingo, 16 de febrero de 2020

El alfa del minimalismo: "Mi adorado Juan" de Miguel Mihura



Jamás pensé que uno de mis dramaturgos favoritos escribiera la que, hasta ahora, es la obra más antigua que he leído donde se aborda el tema del minimalismo, aunque sea de forma indirecta: "Mi adorado Juan".

La historia gira alrededor de la figura de Juan, un médico apenas entrado en la treintena que ejerció su profesión hasta que ahorró lo suficiente para cubrir sus necesidades básicas sin trabajar hasta los 80 años, pues hasta esa edad pensaba vivir.

¿Y a qué dedica su tiempo este aún joven galeno? Pues a la noble causa de hacer favores. Enemigo de madrugar, Juan acude todas las tardes a su despacho prestado, donde recibe a sus vecinos y amigos para ayudarles: intercede, media en conflictos o pone en contacto a personas que pueden echarse un cable mutuamente. 

Todo el mundo quiere a Juan.

La trama realmente comienza cuando la hija de un investigador se enamora de Juan y le propone matrimonio. Esto genera gran zozobra en el protagonista. Básicamente le trastoca todo su plan de vida. Dispuesto a no cambiar un ápice su objetivo vital, al compartir sus ahorros con otra persona, la duración de los mismos se reduce 30 años. En la obra no se contempla que ella trabaje para que aporte sus ingresos al matrimonio.

No desvelo nada más sobre el argumento primero para que se animen a leer la obra que merece absolutamente la pena y lo segundo porque lo que me fascinó realmente es que el protagonista es un minimalista sin proponérselo. Vive tan feliz con lo imprescindible, sin plancha, nevera o vajilla. La colada y la plancha se la hace una vecina a la que en su día sacó de un apuro. Come en la taberna de unos amigos por un módico precio. Los muebles en la casa son los imprescindibles: una silla, un sillón, una cómoda y una cama. Y aún con esta parquedad de medios Juan no solo es feliz, sino que contagia su entusiasmo a los demás.

Sin ataduras a bienes materiales y con las necesidades básicas cubiertas, este personaje me pareció un pionero de la actual corriente minimalista. Sin esa dependencia de lo material, se permite dedicarse a lo que realmente le importa: ayudar a los demás. La falta de propiedades no le impide llevar una vida plena. Muy al contrario, le permite y le da una libertad que no sería posible si estuviera preocupado de mantener, aumentar o estar pendiente de sus bienes. 

Reconozco que no podría vivir con la austeridad de Juan, pero el personaje me resultó inspirador para acometer los planes "minimalistas" previstos para este año. Y sobre todo me encantó esa alegría y buen rollo que transmite a través de la cadena de favores que va generando, contagiosa entre todos los que le rodean.

Mi adorado Mihura

Lean esta obra o cualquiera de las magníficas piezas de Mihura. Disfrutarán de las tramas loquísimas que lo hacen el verdadero padre del "teatro del absurdo" (lo siento Ionesco, el madrileño te gana por goleada).

Curiosamente, Mihura creó esta historia como un guión cinematográfico en 1950. La película "Mi adorado Juan" fue dirigida por su hermano Jerónimo Mihura y  protagonizada por Conchita Montes y Conrado San Martín. Jerónimo animó a Miguel a adaptarla al teatro porque vio todo el potencial que la trama tenía. Como homenaje a alguno de mis actores favoritos, diré que en la obra estrenada en 1956 (un exitazo) los protagonistas eran Alberto Closas, Rafael Alonso, Mari Carmen Díaz de Mendoza y Laly Soldevila.


Yo también adoro a Juan

sábado, 18 de enero de 2020

Acto de contrición minimalista

Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa...

He traicionado uno por uno los propósitos que estaba intentando seguir para llevar una existencia minimalista. Es llegar el 1 de diciembre y olvidarme de la contención, la conciencia ecológica, el "konmari" y el número de objetos ideal que debo tener. Entran por la puerta grande el gasto sin medida (que para eso ahorro durante todo el año), el desmadre gastronómico, el mirar hacia otro lado ante la profusión de todo tipo de envoltorios de los objetos adquiridos y el poderío brilli brilli.

Pero todo este exceso se ha terminado. Con la entrada de la segunda semana de enero llega el gran acto de contrición. La reflexión, los buenos propósitos, la contención y el volver a tomar conciencia de conceptos como la moderación en gastos y costumbres, concienciación medio ambiental y, ups, sobriedad.

Reconozco que este retorno a la mesura era necesario. Diría que imprescindible. No hay mente, estómago ni bolsillo de clase media que aguante el ritmo que marcan mis Navidades "extended version".

No me arrepiento en absoluto de todos los excesos cometidos aunque haya comentado antes lo del "acto de contrición". Tengo once meses por delante para rectificarlos. Este año con mayor empeño. No prometo nada para cuando llegue el 1 de diciembre de 2020. Volveré a caer en la espiral consumista y festiva. Lo sé.

Pero hasta que alcancemos esa fecha tengo algunas ideas para portarme civilizamente con mi entorno y conmigo misma. Enero es un mes de propósitos y cambios y tengo en mente algunos planes que iré desarrollando a lo largo de este año y comprobando su viabilidad.

Aquí lo dejo de momento. Daré cumplida cuenta de mis buenas acciones a través de futuras líneas.

sábado, 26 de mayo de 2018

Minimalismo vs Brilli Brilli





¡Qué dilema planea en mi día a día!
¡Qué duro es conciliar mi afán consumista con una mínima conciencia medioambiental!
En otra vida debí ser una urraca. Si no, no entiendo esta fascinación mía con todo lo que brilla. Tampoco es muy normal que haya sufrido el Síndrome de Stendhal en la inauguración de los dos grandes bazares del barrio (¡¡¡10.000 metros cuadrados cada uno nada menos!) Y si hablamos de adornos navideños... En su día tendrán una entrada para ellos solos.  Dame un souvenir kitsch, dame un adorno con cristalitos de colores, lentejuelas, espejitos o todo junto. Dame un objeto que se pueda poner como foto en el diccionario acompañando a la definición de abigarrado.


Qué gusto da adquirir cosas bonitas a las que quizá des un uso, quizá se queden olvidadas en un rincón, pero en ambos casos la sensación de gratificación al comprarlos es un subidón momentáneo indescriptible. Es el aquí y ahora, el verdadero carpe diem. ¿Cómo no darse ese capricho que te mereces tras trabajar tropecientas horas al día? ¿Cómo acordarse en ese momento de los recursos usados para producir la cosa inútil (o no) que tienes entre manos? ¿Quién ha sido explotado (o no) para fabricarlo? Y cuando te canses de ello, lo más seguro que sea más pronto que tarde, ¿en cuánto tiempo desaparecerá de la faz de la Tierra? ¿Dejará algún "recuerdo" no biodegradable?


No nos engañemos. Aunque afortunadamente cada vez somos más (sí, yo también poco a poco) los que nos planteamos estas cuestiones a la hora de adquirir bienes necesarios en mayor o menor medida, la gran mayoría de nosotros estamos inmersos en la vorágine de la sociedad consumista que nos ha tocado vivir. Pocos pueden evitar no dejarse llevar por las tentaciones perfectamente orquestadas a través de campañas que nos ofrecen estrenar una nueva vida, una nueva imagen o un nuevo yo cada x meses o temporadas. ¡Y lo más cachondo es que te venden como novedad tendencias y modas de forma cíclica de tal manera que la ropa de tu abuela te la colocan con la etiqueta "Vintage" y p´alante, a pagar un pastizal por lo que hace poco echaste al contenedor de la ropa para beneficencia! ¡Si lo sé me lo quedo y paso por ser la más "fashion" del barrio!


Sí, mi parte cínica y escéptica me invade en estos momentos...


Esto es un no parar, entre las inversiones a corto plazo, véase endeudarse hasta las cejas por ese viajecito a tierras exóticas por el que hemos tenido que pedir un préstamo, y lo poquito que nos duran aparatos que antes casi hasta se heredaban (¿qué fue de la lavadora de mi madre que duró décadas haciendo varias coladas al día?) es raro comprar algo y que te compense el gasto a largo plazo, a no ser que estemos hablando de un seguro de entierro...


Creo que es un buen ejercicio de reflexión ver el documental "Minimalism" de Joshua Fields Millburn y Ryan Nicodemus. Estos dos caballeros tienen el valor de predicar, en uno de los países más consumistas del mundo (USA), la contención en la adquisición de bienes, que le demos una oportunidad al "hazlo tú mismo" y comprobar que la gratificación puede ser más intensa y duradera que el estar con el ansia viva por gastarse el sueldo del mes en el siguiente invento de la empresa de la manzanita (por un poner).


De verdad que yo lo intento. Hace tiempo que incorporé a mi vida el Método Konmari, consistente, a grandes rasgos, en deshacerte de lo que no uses o necesites. Tirar sin compasión. Ojo, que tirar también puede ser vender, donar o regalar. Tú coges por ejemplo toda tu ropa, la clasificas por clases: jerseys, pantalones, faldas... Vas seleccionando lo que de verdad usas y eso lo guardas y con el resto haces montones con lo que puedes vender, donar o regalar. Si eres un blando como yo, puedes despedirte de los objetos que te han sido útiles o que te dé pena deshacerte de ellos, pero la verdad, eso de ponerme en la mejilla unos calcetines  pasados, darle las gracias por el servicio prestado... Me convence la base del método, la parte japo-sentimental, como que no.


En definitivas cuentas, que me queda un largo camino para dejar de lado mi yo "gastón" y abrazar por completo la filosofía Zero Waste Challenge (mira que generamos basura...) y las sabias reflexiones del gran Zygmunt Bauman en su libro "Vida de consumo", brillantísimo análisis y demoledoras conclusiones sobre nuestra sociedad de consumo.


Tengo tan presente aquello del "Memento mori" que, cómo evitar entrar en esas tiendas con cosas tan brillantes en los escaparates, con unos gatos dorados que mueven un solo brazo como invitándome a pasar, o ¡¡¡lo peor!!! con maravillosos objetos relacionados con el mundo de la papelería a la vista. No puedo, no puedo, no puedo...